El silbido que enloqueció a los técnicos del Apolo 12
Catástrofe secreta: lo que realmente ocurrió durante los 22 segundos de pérdida de señal y por qué nadie quiere hablar de ello
La historia oficial del Apolo 12 es limpia como una hoja de quirófano: el 14 de noviembre de 1969, un rayo cayó sobre el cohete Saturno V apenas 36 segundos después del despegue, provocando un apagón de telemetría que duró 22 angustiosos segundos. Los astronautas Pete Conrad, Alan Bean y Dick Gordon vieron las luces de advertencia encenderse como un árbol de Navidad siniestro. El control de misión, liderado por un joven y ya legendario Gene Kranz, contuvo la respiración. Luego, los sistemas se reiniciaron, la misión siguió su curso, y Conrad alunizó en el Oceanus Procellarum con una precisión milimétrica. Fin de la anécdota. Un susto. Un rayo travieso. Nada que ver.
Eso es lo que te cuentan los documentales. Lo que no te cuentan —lo que han enterrado en informes con sellos que aún hoy, cincuenta y cinco años después, no se han desclasificado— es lo que ocurrió durante esos 22 segundos. No en los sistemas eléctricos de la nave. En la mente de los hombres que escuchaban.
Yo entrevisté a un técnico de comunicaciones del Apolo 12 en 2008. Se llamaba Leonard "Lenny" Haskins, y trabajaba en la sala de control de red remota de la estación de seguimiento de Goldstone, en el desierto de Mojave. Era uno de los hombres del "Deep Space Network", los que escuchan el susurro de las sondas en el borde del sistema solar. Lenny tenía entonces ochenta y tres años, y vivía en una residencia de ancianos en Barstow. Había solicitado verme después de leer un artículo mío sobre las transmisiones de la Voyager. Me dijo, con una calma que me heló la sangre:
—Usted escribe sobre los sonidos del espacio, ¿verdad? Pues yo escuché uno en 1969 que aún me despierta por las noches. Y no era ningún rayo.
Según Lenny, los 22 segundos de pérdida de señal no fueron un silencio absoluto. La telemetría se había ido, sí. Los datos de altitud, velocidad, temperatura, todo eso desapareció de las pantallas. Pero el canal de audio, la voz de los astronautas, esa se fue primero y volvió después, pero en medio hubo algo que nadie ha contado.
—Cuando el rayo cayó —dijo Lenny, con los ojos clavados en un punto fijo de la pared, como si viera algo que yo no podía ver—, todos los instrumentos se volvieron locos. Pero uno de los auriculares que usábamos para monitorear la banda de respaldo, la frecuencia de emergencia que nadie usaba nunca, empezó a emitir un sonido. No era estática. No era interferencia de rayos. Era... un silbido. Un silbido muy agudo, pero que cambiaba de tono, como si alguien estuviera modulando la frecuencia con un propósito. Y debajo del silbido, muy bajito, había algo más. Una voz. No humana. No podía ser humana porque hablaba a una velocidad imposible, como un disco de vinilo puesto a 78 revoluciones cuando debería ir a 33. Pero se entendía. Se entendía perfectamente. Como si mi cerebro estuviera traduciendo automáticamente.
Le pregunté qué decía esa voz. Lenny se quedó en silencio durante tanto tiempo que pensé que se había dormido con los ojos abiertos. Luego, con un susurro que apenas pude captar, respondió:
—"No son bienvenidos. No aquí. No ahora. No nunca."
Eso era solo el principio. Lenny y otros tres técnicos en Goldstone escucharon el silbido y la voz durante los 22 segundos completos. Pero cuando la telemetría volvió y las voces de Conrad, Bean y Gordon llenaron otra vez los canales de audio, el silbido cesó. Como si alguien hubiera cerrado una puerta.
—Lo reportamos a nuestro supervisor —continuó Lenny—. Él nos dijo que olvidáramos lo que habíamos oído. Que era artefacto del rayo. Que nuestras cabezas estaban cansadas. Que no volviéramos a mencionarlo. Pero yo no pude olvidarlo. Y a la semana siguiente, supe que no era el único. Un amigo en la estación de seguimiento de Madrid me contó que ellos también habían escuchado algo. Y otro en Canberra. Las tres estaciones del Deep Space Network, las tres en diferentes continentes, registraron el mismo silbido en la misma frecuencia, al mismo segundo. Un rayo no puede hacer eso, señor. Un rayo no sincroniza tres continentes.
La investigación interna de la NASA, que Lenny nunca vio pero de cuya existencia tuvo noticias por un ingeniero de seguridad que hablaba demasiado en los bares, concluyó que la causa del silbido era "desconocida" pero que "no representaba una amenaza para la seguridad de la misión". El informe, con el código M-112-69A, fue archivado en una caja fuerte del edificio 31 del Johnson Space Center. Nunca se ha desclasificado.
Pero la historia no termina ahí. Porque lo que realmente enloqueció a los técnicos no fue el silbido ni la voz. Fue lo que ocurrió después, durante los días siguientes a la misión.
Tres de los técnicos que escucharon el silbido en Goldstone comenzaron a experimentar pesadillas. Pesadillas idénticas. Todas soñaban con la Luna. No con la superficie gris y polvorienta que habían visto en las televisiones. Soñaban con algo debajo de la superficie. Con túneles. Con estructuras geométricas brillantes. Con una luz verde que palpitaba como un corazón. Y en el centro de esa luz, una figura. La figura de un hombre, pero no un hombre. Algo que usaba la forma humana como un traje, pero que no entendía la forma humana, que movía los brazos en ángulos imposibles y sonreía con una boca que tenía demasiados dientes, todos iguales, todos perfectos, todos del mismo tamaño.
Uno de esos técnicos, un joven de veintisiete años llamado Raymond Chu, se suicidó el 12 de diciembre de 1969, menos de un mes después del alunizaje. Se ahorcó en su garaje con una cuerda de nailon. Dejó una nota que la policía de Barstow clasificó como "ininteligible" y que nunca llegó a la familia. Lenny, que era amigo de Chu, logró ver la nota antes de que desapareciera. Decía, escrito con una caligrafía temblorosa pero perfectamente legible:
"Me sigue silbando. En la ducha. En el coche. En la radio. No es un silbido. Es un nombre. Mi nombre. Pero no es mi nombre. Es el nombre de lo que quiere entrar. No puedo cerrar la puerta. Ya está dentro."
Otro técnico, Michael O'Dell, fue hospitalizado por una crisis psicótica en enero de 1970. Diagnosticado con "esquizofrenia paranoide de inicio súbito". Pasó el resto de su vida en instituciones psiquiátricas, sedado hasta la inmovilidad. Murió en 1985 sin haber vuelto a hablar una palabra coherente, aunque las enfermeras reportaban que a menudo se despertaba en mitad de la noche silbando. Silbando la misma melodía. Una melodía que nadie reconocía, pero que todos los que la oían sentían como un escalofrío en la nuca.
El tercer técnico, un hombre llamado Stanley Kowalski (sin relación con el personaje de Tennessee Williams, aunque el destino parece tener sentido del humor), simplemente desapareció. Un día fue a trabajar. Al siguiente, su coche estaba en el aparcamiento de la estación de Goldstone, con las llaves puestas y el motor encendido. Él nunca apareció. No se encontró cuerpo. No se encontró rastro. La policía local archivó el caso como "deserción voluntaria". Pero Lenny siempre creyó que Kowalski había encontrado una manera de responder al silbido. De ir hacia él. De seguir el sonido hasta su origen.
—Y el origen —me dijo Lenny, bajando la voz hasta convertirla en un hilo de aire— no está en la Luna. El silbido no venía de la superficie. Venía de detrás. De más lejos. Como si el rayo, al caer, hubiera abierto un agujero temporal. Un agujero a través del cual algo nos miró, nos olió, nos encontró interesantes. Y ahora ese algo sabe que estamos aquí. Sabe que podemos oírlo. Y no va a parar de silbar hasta que uno de nosotros le haga caso.
Lenny Haskins murió en 2010, dos años después de nuestra conversación. Su muerte fue oficialmente por "insuficiencia cardíaca". Pero su hija me contó que en sus últimos días, su padre se negaba a dormir. Se sentaba en una silla junto a la ventana, mirando el cielo nocturno, con los dedos tamborileando en el reposabrazos. Tamborileando un ritmo. El mismo ritmo una y otra vez. Un ritmo que su hija describió como "un corazón que late al revés".
No supe qué significaba eso. No hasta que un amigo musicólogo analizó una grabación que Lenny había hecho en secreto antes de morir, escondiendo un micrófono en su habitación del hospital. La grabación capturaba sus dedos tamborileando. El musicólogo, después de tres semanas de análisis, me llamó por teléfono con una voz que no lograba ocultar su turbación.
—Ese ritmo —dijo— no es humano. No sigue ninguna métrica conocida. Las pausas no son proporcionales. Los acentos caen donde no deberían. Pero hay algo peor. He introducido el ritmo en un software de análisis de patrones y el programa ha encontrado una coincidencia. Es casi idéntico a la modulación de frecuencia de los púlsares. No de un púlsar en concreto. De todos. Como si alguien hubiera promediado el latido de todas las estrellas muertas del universo y lo hubiera convertido en un ritmo. Es como si Lenky estuviera tocando el latido del cosmos. El latido de algo que está al otro lado de todo.
Colgó. Nunca volvió a hablarme. Creo que borró el archivo. Creo que entendió, como yo empecé a entender, que hay sonidos que no deberían ser escuchados porque al escucharlos, uno no sigue siendo el mismo. Uno se convierte en parte de la melodía.
El Apolo 12 alunizó sin problemas. Los astronautas nunca supieron del silbido. O eso creemos. Porque Pete Conrad, años después, en una entrevista privada con un amigo (grabada sin su conocimiento y luego filtrada), dijo algo curioso:
—Sabes, lo más raro de todo aquello no fue el rayo. Fue cuando volvimos a la Tierra. Durante la cuarentena, los tres tuvimos el mismo sueño. Soñamos que estábamos en la Luna, pero no donde habíamos estado. Estábamos en un túnel. Un túnel verde. Y al final del túnel, alguien silbaba. No podíamos verlo, pero sabíamos que nos estaba esperando. Y lo peor es que en el sueño, yo también silbaba. Silbaba la misma canción. Como si siempre la hubiera sabido. Como si la hubiera aprendido antes de nacer.
Conrad murió en 1999, en un accidente de moto. Alan Bean murió en 2018. Dick Gordon murió en 2017. Los tres se llevaron sus sueños a la tumba. Pero el silbido sigue ahí. En las frecuencias muertas del Deep Space Network. En los archivos olvidados de Goldstone, Madrid y Canberra. En la mente de los pocos técnicos que aún viven y que, como Lenny, tamborilean ritmos imposibles en los reposabrazos de sus sillas de ruedas.
Y quizá, solo quizá, también en la Luna. Debajo de la superficie. En esos túneles que nadie ha explorado. Donde algo que no es ni vivo ni muerto espera. Y silba.
Silba por nosotros.


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