El hombre que viajó más rápido que Dios
Catástrofe secreta: el accidente de la nave secreta "Solar Wraith" en 1974 y el astronauta borrado de todos los registros
Hay un nombre que no encontrarás en ninguna biografía de astronautas. No está en los archivos del Johnson Space Center. No aparece en los mapas de la pared del Mission Control. Ni siquiera figura en las listas de candidatos rechazados. Es como si hubiera sido borrado con una goma de borrar del tamaño de un continente. Pero yo lo vi. Yo lo recuerdo. Y lo que le pasó a ese hombre es la razón por la que la NASA tiene pesadillas cuando nadie las mira.
Se llamaba Coronel Thaddeus "Tad" Grissom. Sí, pariente lejano de Gus Grissom, el del Apolo 1. Los Grissom tenían algo en la sangre, algo que los empujaba hacia el fuego y el vacío. Pero Tad era diferente. No buscaba gloria. Buscaba velocidad. Era piloto de pruebas en la Base Edwards cuando los chicos de la guerra fría y la carrera espacial empezaron a jugar con motores nucleares. Urano, plutonio, reactores NERVA... todo eso era muy lento para Tad. Él quería ir más allá. Quería romper una barrera que ni siquiera los físicos se atrevían a nombrar.
El proyecto se llamaba Solar Wraith —Espectro Solar— y nunca existió. Oficialmente. Los documentos que lo prueban están en una caja fuerte dentro de otra caja fuerte dentro de una bóveda blindada en el Pentágono, y solo tres personas vivas tienen la combinación completa. Pero los rumores entre los veteranos del programa Apolo son como cucarachas: sobreviven a cualquier exterminio.
La historia, según me la contó un técnico de soldadura que trabajó en el ensamblaje y que murió en "circunstancias sospechosas" una semana después de hablar conmigo, era la siguiente:
En 1972, Richard Nixon aprobó en secreto una partida de 18 mil millones de dólares (en dinero de entonces) para desarrollar un motor de fusión catalizada por antimateria. El objetivo no era llegar a Marte. No era llegar a Júpiter. El objetivo era alcanzar el Cinturón de Asteroides en tres horas. La teoría era simple, tan simple que daba miedo: si lograbas acelerar una nave al 0.7% de la velocidad de la luz, el tiempo a bordo se ralentizaría lo suficiente como para que un hombre pudiera viajar a Plutón y volver en una semana sintiendo que habían pasado solo seis horas. Pero la teoría y la práctica son como el amor y la guerra: siempre hay cadáveres en medio.
Tad Grissom fue el elegido porque tenía tres cualidades esenciales: era el mejor piloto del mundo, tenía una tolerancia al dolor física y psicológica que rayan en lo patológico, y, lo más importante, no tenía familia. Ninguna. Ni esposa, ni hijos, ni padres vivos. Era un fantasma con licencia de vuelo. Perfecto para una misión que, si salía mal, nadie iba a reclamar.
La nave, la Solar Wraith, era una abominación de la ingeniería. Medía doce metros de largo y parecía un feto de acero con tres aletas radiadoras que brillaban con un azul cerúleo radioactivo. El reactor de antimateria estaba contenido en un campo magnético tan intenso que los técnicos no podían acercarse a menos de cien metros sin que sus dientes comenzaran a vibrar en los alveolos. El día del lanzamiento, 17 de agosto de 1974, a las 3:42 de la madrugada, nadie durmió en Cabo Cañaveral. No había público. No había cámaras. Solo había un puñado de hombres con gabardinas negras y ojos de acero que miraban el horizonte como si esperaran ver el fin del mundo.
Despegó. Y aquí es donde la historia se pone rara.
Los sensores registraron una aceleración nominal durante los primeros cuarenta y dos segundos. Luego, Tad activó el reactor de fusión catalizada. El registro de telemetría, que milagrosamente logré obtener de un informante anónimo antes de que "desapareciera" del servidor, muestra algo que los físicos llaman "singularidad temporal inducida". Yo lo llamo otra cosa: un latigazo en el tejido de la realidad.
Según los datos, la Solar Wraith alcanzó el 0.7% de la velocidad de la luz en diez segundos. Luego, en el undécimo segundo, algo se rompió. No el reactor. No el campo magnético. Se rompió el tiempo. Tad comenzó a transmitir por radio, pero su voz llegaba distorsionada, como si hablara desde el fondo de un pozo de miles de años de profundidad. Las transcripciones, que el informante memorizó porque sabía que no podía fotocopiarlas sin morir, dicen algo terrible:
—Houston... aquí Solar Wraith... estoy viendo... estoy viendo todo. Veo el momento en que ensamblaron la nave. Veo el momento en que me concibieron mis padres. Veo el momento en que... Dios... estoy viendo el Big Bang desde arriba. Es pequeño. Es ridículo. Hay algo detrás, Houston. Hay algo que no querían que viéramos.
Silencio. Treinta y siete segundos de silencio absoluto. Luego, una transmisión de video de dos segundos. La única imagen que sobrevivió, aunque clasificada como "Terminal X-Tau-9" y nunca liberada al público. Un ingeniero de procesamiento de imágenes que vio el fotograma antes de que lo confiscaran me describió la escena con un susurro:
—Tad estaba en la cabina. Pero no era Tad. Tenía los ojos blancos. No blancos de mirar al sol. Blancos como si alguien hubiera borrado sus pupilas con Photoshop. Sonreía. Pero esa sonrisa... esa sonrisa no era humana. Era la sonrisa de algo que ha visto el mecanismo interno del universo y le ha parecido una broma de mal gusto. Y en el fondo de la cabina, detrás de él, había una sombra. Una sombra con forma de hombre, pero mucho más vieja. Mucho más vieja que el universo. Estaba inclinada sobre su hombro, susurrándole algo al oído.
La transmisión se cortó. La Solar Wraith desapareció de todos los radares, de todos los telescopios, de todas las ecuaciones. No explotó. Simplemente dejó de estar en nuestro espacio-tiempo. La NASA dijo que era un satélite meteorológico que había reentrado en la atmósfera. El Pentágono dijo que nunca hubo ningún proyecto Solar Wraith. Y Tad Grissom... bueno, Tad Grissom nunca existió.
Pero yo he investigado. Y sé algo que ellos no saben que sé. Hace dos años, durante una tormenta solar particularmente intensa, el radiotelescopio de Arecibo (antes de que colapsara, que no fue casualidad) captó una señal repetitiva proveniente de la dirección de la constelación de Orión. No era una señal natural. Era un bucle. Una grabación de dos segundos, repetida una y otra vez, como un disco rayado en la aguja del infinito.
En esa grabación, se oye una voz. Es débil, rota, como si hubiera viajado millones de años-luz y millones de años-tiempo. La voz dice:
—No lo hagan. No aceleren más allá del límite. Él los espera al final. Él está en el otro lado de la luz. Y tiene hambre.
Los técnicos de Arecibo grabaron eso y lo etiquetaron como "interferencia de microondas de fondo". El jefe de la estación borró los archivos maestros. Pero un becario, un chico de veintidós años que aún creía en la verdad, me envió una copia antes de ser transferido a una base en Groenlandia. No he podido localizarlo desde entonces.
¿Que quién es "él"? No lo sé. Pero a veces, cuando miro las fotografías del Hubble y veo esos pilares de creación en la Nebulosa del Águila, esas columnas de gas cósmico que parecen dedos de un gigante, me pregunto si no serán los dedos de algo que está tratando de alcanzar algo. O de alguien.
Tad Grissom viajó más rápido que Dios. Y Dios, al parecer, no estaba contento con que lo adelantaran. Ahora Tad flota en algún pliegue del tiempo, atrapado en su cabina de acero, con los ojos blancos y esa sonrisa que no es una sonrisa, susurrando advertencias que nadie quiere oír.
La próxima vez que mires al cielo y veas una estrella fugaz, no pidas un deseo. Reza para que sea solo una roca ardiendo. Reza para que no sea la Solar Wraith haciendo otra pasada, buscando a quién llevarse al otro lado del límite.





