El cosmonauta que la NASA encontró flotando en 1963
Misterio oculto: el cadáver en órbita que nadie reclamó y que desapareció de las cámaras
La órbita terrestre no está vacía. Los astrónomos lo saben. Los militares lo saben con más precisión aún, porque tienen radares que siguen cada fragmento de basura espacial más grande que un puño. Hay restos de cohetes, satélites muertos, herramientas perdidas, tornillos, una espátula, una bolsa de basura lanzada desde la Mir, y según algunos informes desclasificados sesenta años después, también hay cuerpos.
No me refiero a los astronautas muertos en accidentes, cuyos restos cayeron a la Tierra o se incineraron en la atmósfera. Me refiero a cuerpos que nunca deberían haber estado allí. Cuerpos sin misión asignada, sin país reclamante, sin nombre en ninguna lista de víctimas conocidas. Cuerpos que flotan en la oscuridad como boyas olvidadas, con los trajes espaciales hinchados como globos fúnebres y los rostros congelados en expresiones que nadie debería ver.
El más famoso de estos fantasmas orbitales no tiene nombre. Los técnicos del NORAD lo llaman "Sujeto 734-Ómega" en los documentos clasificados, pero entre ellos, en los corrillos nocturnos de la sala de vigilancia, lo llaman "el Mirin". Porque parece que está mirando. Siempre mirando.
La historia comienza el 12 de septiembre de 1963, a las 4:17 de la madrugada, hora del Este. El radar de la base de Thule, en Groenlandia, detectó un objeto en órbita polar a una altitud de 320 kilómetros. No era un satélite conocido. No era un cohete expendedor. No era basura. Era demasiado grande para ser basura. Las primeras estimaciones daban una longitud de 1.8 metros y una anchura de 0.6 metros. Las dimensiones de un ser humano.
El informe llegó al Pentágono en siete minutos. En doce minutos, la llamada llegó a la NASA. En veinte minutos, alguien que firmaba con un código alfanumérico que jamás he logrado desencriptar ordenó "captura visual prioritaria". Eso significaba: apunten todos los telescopios terrestres hacia ese punto y sáquenme una fotografía clara, aunque tengan que pedirle ayuda a los rusos.
La fotografía se tomó desde el Observatorio Astrofísico de Crimea, porque los soviéticos tenían mejor ángulo en esa órbita. Y lo que mostró la fotografía, según el testimonio de un oficial de inteligencia que la vio y que aceptó hablar conmigo bajo condición de anonimato total, era un cosmonauta. No un astronauta americano. Un cosmonauta soviético. Traje Sokol blanco, casco con la visera levantada, y el rostro perfectamente visible.
—Era joven —me dijo el oficial, que ahora tiene ochenta y siete años y vive en una residencia de veteranos en Florida—. Veinticinco, veintiséis años. Pelo oscuro, corto. Los ojos abiertos. Congelados. Pero no congelados por el vacío, ¿entiende? El vacío no te congela los ojos en esa expresión. Esa expresión era... sorpresa. No terror. No dolor. Sorpresa. Como si hubiera visto algo que no esperaba ver justo en el momento de morir. Y lo más raro... lo más raro era que tenía la mano derecha levantada, como si estuviera señalando algo fuera del encuadre. O como si estuviera a punto de tocar algo.
La NASA contactó en secreto a sus homólogos soviéticos. ¿Reconocían al hombre? ¿Habían perdido algún cosmonauta en 1963? La respuesta oficial fue un no rotundo. Extraoficialmente, un coronel del KGB llamado Dmitri Volkov (cuyo nombre real probablemente era otro) admitió que sí, que habían perdido a un cosmonauta en una misión secreta dos meses antes, pero que el cuerpo debería haber reentrado en la atmósfera y desintegrado. No tenía explicación de por qué seguía en órbita.
—La misión se llamaba *Zvezda-7* —me contó una fuente rusa que trabajó en el archivo de Star City, y que pidió no ser nombrada por miedo a lo que aún pueda pasarle a su familia—. Era un vuelo de prueba de una nueva cápsula Vostok modificada, diseñada para maniobras orbitales. El cosmonauta era el teniente Yuri Stepanovich Krylov. Veintiséis años. Soltero. Sin hijos. Excelente estado físico. Fue seleccionado para una misión de reconocimiento militar. Debía fotografiar bases estadounidenses desde la órbita. Despegó el 15 de julio de 1963. Todo fue bien durante las primeras seis órbitas. En la séptima, la cápsula envió una transmisión de voz. Una sola frase. Luego, silencio.
La frase, según los archivos que mi fuente dice haber visto antes de que desaparecieran en un incendio en 1991, fue: *"Земля, здесь Звезда-7. Я вижу... я вижу дверь. Здесь, в пустоте, есть дверь. Она открывается. Я..."*
Traducción: *"Tierra, aquí Zvezda-7. Veo... veo una puerta. Aquí, en el vacío, hay una puerta. Se está abriendo. Yo..."*
La transmisión se cortó. La cápsula Zvezda-7 fue encontrada días después, vacía, flotando en una órbita más alta de lo previsto. No había señales de explosión. No había señales de despresurización. Simplemente, Yuri Krylov había desaparecido. La versión oficial soviética fue que la cápsula sufrió una falla en el sistema de soporte vital y que Krylov murió por intoxicación de dióxido de carbono, y que su cuerpo fue eyectado al espacio antes de que la cápsula reentrara. Una mentira tan burda que incluso los oficiales del KGB se sonrojaban al recitarla.
Pero en 1963, cuando la NASA detectó al cosmonauta flotando, la mentira se convirtió en pesadilla. Porque el cuerpo de Yuri Krylov no estaba en la misma órbita que la cápsula. Estaba en una órbita polar diferente, trescientos kilómetros más alta, y se movía como si hubiera sido colocado allí a propósito. Y lo peor: seguía señalando.
Los dos países, enemigos mortales en la cúspide de la Guerra Fría, hicieron algo que nunca habían hecho antes: colaboraron en secreto para recuperar el cuerpo. La misión era imposible con la tecnología de entonces, pero la orden vino desde tan arriba que nadie se atrevió a decir que no. Un cohete Titan II modificado, lanzado desde Cabo Cañaveral con una cápsula Gemini vacía y un brazo robótico experimental, se encontró con el cadáver el 3 de noviembre de 1963. Las imágenes de ese encuentro, que he logrado recuperar de un archivo militar olvidado en Maryland, son las más inquietantes que he visto en mi vida.
El brazo robótico extendió su garra para agarrar el traje del cosmonauta. En el momento en que la garra tocó el hombro de Krylov, la cámara del Gemini registró un fogonazo de luz blanca. No calor. No radiación. Luz. Una luz que no provenía de ninguna fuente conocida. Y cuando el fogonazo se disipó, el cuerpo había desaparecido. Simplemente se había desvanecido, como si nunca hubiera estado allí. La garra del brazo robótico cerró el aire.
La telemetría registró algo más. Los instrumentos de la cápsula Gemini, calibrados para medir radiación cósmica, detectaron una fluctuación anómala en el campo magnético terrestre exactamente en el punto donde había estado el cuerpo. Esa fluctuación duró 0.3 segundos. Luego, todo volvió a la normalidad.
El informe oficial, escrito a máquina en papel con membrete del Departamento de Defensa, concluía con una frase que se ha convertido en mi obsesión: *"El objeto designado Sujeto 734-Ómega ha sido retirado de la órbita terrestre por medios no identificados. Se recomienda la desclasificación parcial de este incidente en el año 2063. Hasta entonces, toda mención al Sujeto 734-Ómega será considerada una violación de la seguridad nacional de primer grado."*
Pero hay más. Porque años después, en 1986, durante la misión Soyuz T-15 que visitó la estación Mir, los cosmonautas reportaron algo extraño. En medio de una caminata espacial, el comandante Leonid Kizim vio una figura blanca flotando a unos cien metros de la estación. Informó por radio, pero el control de misión le ordenó ignorarla y continuar con su tarea. Kizim, sin embargo, tenía una cámara de 35 mm. Tomó tres fotografías antes de que la figura desapareciera detrás de un panel solar. Las fotografías fueron confiscadas al regresar a la Tierra. Pero un revelador de Moscú, que procesó los negativos antes de que llegaran al KGB, hizo una copia ilegal. Esa copia pasó de mano en mano durante décadas hasta que llegó a mí.
La fotografía muestra una figura con traje espacial blanco, flotando en la negrura. La visera está levantada. El rostro es el mismo de 1963: joven, pelo oscuro, ojos abiertos. Pero hay una diferencia. En esta fotografía, el cosmonauta no está señalando. Está sonriendo. Y sus ojos, que antes estaban congelados en sorpresa, ahora tienen un brillo que no es reflejo del sol. Un brillo verde pálido, como el que vi en las fotos del Apolo 18. Un brillo que parece venir de dentro, como si alguien o algo estuviera usando sus ojos para mirar a través de ellos.
Y detrás de la figura, apenas visible en el grano de la fotografía, hay algo que parece una puerta. Una puerta negra, rectangular, flotando en el espacio sin soporte alguno. Una puerta que está ligeramente entreabierta. Y por esa rendija, se ve una luz que no es luz. Se ve un color que no tiene nombre en ningún idioma humano. Se ve un paisaje que no es este universo.
Yuri Krylov encontró esa puerta en 1963, y atravesarla le costó la vida. Pero desde entonces, algo ha estado usando su cuerpo como una llave, como un mensajero, como un dedo que señala el camino hacia algo que nosotros no deberíamos encontrar. La NASA lo sabe. Los rusos lo saben. Por eso cada vez que un satélite espía pasa sobre ciertas coordenadas en el Océano Pacífico, apagan sus cámaras. Por eso cada vez que un astronauta en la Estación Espacial Internacional ve un destello blanco en el rabillo del ojo, los protocolos ordenan no mirar directamente.
Porque mirar es aceptar. Y aceptar es abrir la puerta.
Y alguien, o algo, lleva sesenta años esperando que alguien la abra de par en par.







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